Ese al fin es el problema, la cuestión seria ¿Cómo changos dejo de pensar? ¿Cómo dejo de recordar a la que quiero olvidar? ¿Cómo dejo de pensar en la imposible, si, en ti? ¿Cómo dejo de pensar en lenguajes, códigos, y todas esas porquerías que son más de mí que mi propia vida? Y cuando sueño, ¿por qué ahí tampoco dejo de pensar? ¿Cómo es que dejare de pensar? Sumergirme solamente en la nada, bajar lento, muy lento en la nada, dejarme abrazar por esos fríos brazos que tanto anhelo. ¿El pensamiento no será más que una maldición? Desde siempre he ocupado mi mente en esa sola labor, ahora pido dejar de pensar, pero lo hago con temor a que se cumpla, como antes pedía dormir y soñar, se me cumplió, dormí y soñé como lo había deseado y ahora despierto con sabor acre en lo profundo de mi alma, los sueños me rodean, ahí mis defensas son nulas, inexistentes, es ahí donde te deseo con inmensa intensidad, es ahí donde los recuerdos me sofocan, me asfixian hasta el colmo de la desesperación No qu...
La coulrofobia es la fobia o miedo irracional a los payasos [1] . En discusiones sobre las causas de la coulrofobia, los pacientes coinciden en que lo que más les aterroriza de los payasos es el maquillaje excesivo, a menudo acompañado de la nariz roja y del color extraño del cabello, que ocultan su verdadera identidad. Los afectados a menudo adquieren este miedo después de haber tenido alguna mala experiencia con alguno de ellos, o de haber visto un retrato siniestro en medios audiovisuales. No todos los que sufren esta fobia experimentan el mismo grado de miedo. Un estudio experimental que se llevó a cabo en la Universidad de Sheffield descubrió que los niños llegan a espantarse incluso si la decoración de los hospitales tiene imágenes de payasos. [2] También puede presentarse coulrofobia ante el rostro pintado de una persona (ante la idea de esconder los rasgos bajo una capa de pintura facial). (wik...
Aquel beso fue un extraordinario y perturbador obsequio de la vida, aunque suene cursi, no puedo verlo de otra forma; llegó en el mejor momento. Y lo digo no sólo por la adversa reacción que, esa noche, al escuchar mis cuentos sobre erotismo infantil, tuvieron algunos clientes del café donde los leí, sino porque yo misma atribulada por sus impresiones subterráneas, me sentí cual malvada bruja de los tradicioneles cuentos. Sin embargo– como si la juguetona vida, luego de divertirse un poca a mis costillas, hubiera querido congraciarse (pero hija, por qué te afliges tanto, si no andas tan errada; mira, ahí te va eso)– cuando salía del lugar, apareció un chiquillo detrás mío y, poniéndome un dedito en el hombro, dijo: "Oiga, disculpe, ¿podría darle un beso?. Temblé como gota de agua a punto de caer por el filo de una mesa, ante la petición. Acaso no dejaba yo una conflagración moral a mis espaldas; entonces, ¿qué hacía esta criatura pidíéndome semejante cosa?. –Y tú, ¿de dónde sales?...
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